Érase un caracol que, con su “casa” a cuestas, lamentaba su incapacidad de poder ir por la vida como sus compañeros de viaje. Alucinaba observando, bajo el peso de su cáscara, a una presumida mariposa que alardeaba, de rama en rama, de su agilidad i de sus encantos multicolores.
Nuestro caracol observó que se le acercaba un escarabajo, que también iba de camino. Éste le saludó y le invitó a compartir el viaje como amigos. El caracol levantó la cabeza, de contento que estaba, pero enseguida, lloroso, tuvo que agacharla, ya que no podía seguir el ritmo de las patas de su atlético compañero.
De repente el sol oscureció y la lluvia no tardó en empapar de agua árboles, camino, paisaje… La mariposa ya no podía alzar el vuelo. Indefensa, acudió al caracol para que le dejara posar sus frágiles pies sobre la cáscara. El caracol, que se movía con soltura en aquel nuevo paisaje lluvioso, aceptó complacido acoger la mariposa y darle seguridad.
El agua del río subió de nivel y atrapó al atlético escarabajo. Una vez las aguas volvieron a su cauce, éste quedó indefenso en la orilla, y de patas para arriba.
Pasadas unas horas, el caracol, con su amiga mariposa, llegó cerca del río. Cual no fue su sorpresa al observar a su conocido escarabajo gimiendo y pidiendo auxilio. El caracol compadecido de la angustia por la que pasaba el escarabajo pidió a la mariposa que le guiara desde lo alto para realizar una delicada maniobra: acercársele con la cáscara para empujar el escarabajo hasta conseguir darle un vuelco y así dejarlo nuevamente de patas para abajo.
La operación se realizó con éxito y el escarabajo, lleno de agradecimiento, propuso al caracol y a la mariposa de compartir fraternalmente su futuro, acogiendo y valorando generosamente sus contrastadas aptitudes por encima de sus diversas limitaciones.
En el horizonte apareció el arco iris y los tres emprendieron un nuevo camino.